Una vía abierta al descanso y relajo, una lisonja a los placeres magnánimos en épocas de estío, en una isla del sur mexicano, ubicada en el Mar del Caribe, en la Península del Yucatán, y que los antiguos mayas la llamaron Tierra de las golondrinas. Y se llama Cozumel, absoluta garantía de ecuanimidad natural.

En algún momento de la historia fue centro de comercio de los pueblos del Caribe, lo que se refleja en sus numerosos vestigios arqueológicos. Desde sus malecones podemos mirar con furor y sentir un aliento invisible de claridad mezclado con la inextinguible fortaleza histórica de esas ciudades que alguna vez los mayas la habitaron, pero qué esperamos, caminemos por acá y empecemos a descubrir más maravillas.

Tomando la ruta de las orillas, sus aguas diáfanas de un azul inmarcesible, nos invitan a sumergirnos y a volvernos en conquistadores de la fauna abisal. Cozumel es el escenario ideal para descubrir los secretos que la intimidad que el mar esconde. Entonces es un buen momento para practicar buceo, pero no hay que olvidarnos de la escafandra para llegar a mayores profundidades.

Al interior de sus aguas vemos los innumerables cenotes que nos deja la sensación de una ciudad sumergida, construidas por los peces en un gran silencio. Realmente un ejército puede esconderse aquí. Y resulta ser uno de sus grandes atractivos. Fue allí donde Jacques Cousteau, el gran explorador del siglo XX observo los innumerables arrecifes que había alrededor de la isla, razón que ha hecho de ella un destino turístico deportivo oficial.

Ya estamos en tierra, caminando en las arenas, de unas playas que tiene como sombras a unos hoteles y restaurantes que nos invitan a deleitar incontables platos para el gusto más excéntrico. El ambiente se presenta para divertirnos.

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